EL SUEÑO HISPANO DE QUINTO SERTORIO

por Antonio Cruz Medina Historiador y Director de Antena Historia

Imagine por un instante la península ibérica hace algo más de dos mil cien años. Olvídese de mapas ordenados y fronteras nítidas. Lo que tenemos ante nosotros es un territorio de geografía indómita, un mosaico de valles profundos y sierras escarpadas donde la República de Roma intenta, con más dificultades que aciertos, asentar su bota militar. Pero la gran fiera del Mediterráneo no está en su mejor momento; se está devorando a sí misma desde dentro. Las calles de la Urbe huelen a sangre patricia y plebeya. Las listas de proscripción de Sila empapelan el Foro y cualquiera que haya militado en el bando equivocado amanece con la cabeza clavada en una pica.

En este escenario de pesadilla civil, un hombre cruza los Pirineos en el año $82$ antes de Cristo. No viene como un conquistador orgulloso al frente de legiones triunfantes, sino como un proscrito. Un fugitivo que huye de la implacable venganza de los optimates, la facción más conservadora y oligárquica de Roma. Ese hombre es Quinto Sertorio. Lo que estaba a punto de suceder en suelo ibérico durante la década siguiente desafiaría al mismísimo Senado y cambiaría para siempre la historia de la romanización de nuestra península.

EL FORJADO EN EL FANGO: DE NURSIA A LA GUERRA SOCIAL

Para entender la magnitud de lo que Sertorio construyó en Hispania, es obligatorio viajar un poco hacia atrás en su biografía. Sertorio no era un aristócrata de cuna de oro, de esos que heredaban clientelas políticas y consulados por el simple peso de su apellido. Era un tipo duro de la Sabinia, nacido en Nursia en el seno de una familia del orden ecuestre, pero sin antepasados ilustres. Huérfano de padre a temprana edad, fue criado por su madre, Rhea, a quien profesó una devoción casi mística durante toda su vida, un detalle que los cronistas clásicos destacan para subrayar su carácter melancólico y reservado.

Sertorio se formó inicialmente en Roma como orador y abogado, pero el destino y la crisis de la República lo empujaron muy pronto al fango de las legiones. Y allí se reveló como un soldado extraordinario.

Su bautismo de fuego tuvo lugar en el año $105$ a.C., en la desastrosa batalla de Arausio, donde las hordas de cimbrios y teutones masacraron a cerca de ochenta mil romanos en una de las peores derrotas de la historia de la Urbe. Allí, herido y tras perder su caballo, Sertorio logró salvar la vida cruzando a nado el caudaloso río Ródano, cargado con su pesada lorica y su espada. Aquel infierno lo templó.

Poco después, bajo las órdenes del legendario general Cayo Mario, se ofreció como voluntario para una misión de espionaje suicida: se disfrazó con ropajes galos, aprendió los rudimentos de su lengua y se infiltró en el campamento de los bárbaros teutones para recabar información crucial sobre sus efectivos y movimientos. Este no era un general de despacho; era un militar brillante que entendía la psicología del enemigo, dominaba el terreno y sabía que la información era tan valiosa como el acero.

Durante la posterior Guerra Social contra los aliados italianos, una herida en combate le costó la pérdida del ojo derecho. Lejos de ocultar su cicatriz, la llevaba con orgullo. Solía decir que otros generales tenían condecoraciones que se ponían y quitaban, pero que la suya lo acompañaba día y noche como prueba irrefutable de su entrega a la República. Sin embargo, a pesar de su intachable hoja de servicios, el Senado —dominado ya por la facción de Sila— le cerró el paso al consulado. Una afrenta política que Sertorio jamás olvidaría.

EL DESTIERRO Y EL ENCUENTRO CON LA PENÍNSULA

Sertorio llegó a Hispania en el año $82$ a.C. con el título de gobernador de la provincia Citerior. Pero era un nombramiento envenenado. Tras la victoria absoluta de Sila en Italia, el nuevo dictador envió un ejército bajo el mando de Cayo Annio para destituirlo y ejecutarlo. Traicionado en los Pirineos por algunos de sus propios hombres, que asesinaron a su lugarteniente Julio Salinator, Sertorio se vio obligado a huir de la península con un puñado de leales.

Comenzó entonces un periplo casi homérico por el Mediterráneo occidental. Se asoció con piratas cilicios, desembarcó en el norte de África y combatió en Mauritania, interviniendo en las disputas de los reyezuelos locales. Es en este periodo donde Plutarco nos regala una anécdota deliciosa que retrata su curiosidad intelectual: Sertorio ordenó excavar la supuesta tumba del gigante Anteo en Tánger para comprobar si los mitos locales eran ciertos. Al hallar un esqueleto de dimensiones colosales, rindió honores al héroe mítico y volvió a cubrir la fosa, ganándose el respeto reverencial de las poblaciones nativas del Magreb.

Incluso, exhausto de las intrigas y de la locura de la guerra civil, planeó retirarse a las llamadas «Islas Afortunadas» —las Canarias o Madeira, según los historiadores modernos— para vivir en paz y tranquilidad. Pero el destino, o tal vez la ambición militar, lo devolvió a la Península.

¿Por qué regresó? Porque los lusitanos lo llamaron. Los pueblos peninsulares, sistemáticamente saqueados, engañados y masacrados por una larga lista de pretores y gobernadores romanos corruptos —hombres de la calaña de Galba o Dídio—, vieron en Sertorio algo completamente distinto. Sabían de su valía militar y de su reputación de hombre justo. Le pidieron que los liderara.

LA DEVOTIO Y LA MÍSTICA DE LA CIERVA BLANCA

A partir del año $80$ a.C., Sertorio se convierte en el caudillo indiscutible de una coalición asombrosa de pueblos hispanos: lusitanos, celtíberos, arévacos y las tribus del fértil valle del Ebro. Para lograr la cohesión de una amalgama de pueblos que históricamente se habían estado desangrando entre sí por disputas territoriales, Sertorio utilizó dos herramientas fundamentales: una mística y otra institucional.

La primera fue la explotación del profundo sentimiento religioso de los nativos. Aquí es donde entra en escena el famoso episodio de la cierva blanca. Un campesino lusitano llamado Spapanus le regaló una pequeña cierva de pelaje completamente blanco, un animal bellísimo y sumamente inusual en la naturaleza. Sertorio la crio con mimo, la acostumbró a comer de su mano y a que acudiera cuando la llamaba.

Pronto difundió el rumor de que el animal era un regalo directo de la diosa Diana y que le susurraba al oído los secretos militares, las emboscadas enemigas y las advertencias del destino. Si se enteraba de un movimiento de las tropas del Senado a través de su eficaz red de espías nativos, Sertorio fingía que la cierva se lo había soplado al oído durante el sueño. Para los hispanos, Sertorio ya no era solo un general romano astuto; era un hombre tocado por la divinidad.

Pero la unión iba mucho más allá de la superstición. Se produjo en torno a su figura el fenómeno de la devotio ibérica. No se trataba de un simple juramento militar de obediencia; era una consagración de carácter sagrado y místico por la cual los guerreros —los devoti o soldurios— ligaban su propia vida a la de su líder. Si el general caía en combate, los guerreros consagrados tenían la obligación moral y religiosa de suicidarse, pues consideraban una impiedad insoportable sobrevivir al hombre al que habían entregado su existencia. Sertorio pasó de ser un prófugo desterrado de Roma a convertirse en un semidiós para Hispania.

EL SENADO DE OSCA: LA «CONTRA-ROMA»

El verdadero golpe de genio de Sertorio no fue militar, sino político. Estableció su capital en Osca (la actual Huesca) y allí montó una réplica exacta del engranaje institucional de la República Romana. Nombra a trescientos senadores de entre los ciudadanos de alta alcurnia y caballeros exiliados que habían huido de las garras de Sila en Italia. Crea magistraturas, nombra cuestores, ediles y pretores.

Su mensaje al mundo era rotundo y de una audacia política brutal: «La verdadera Roma no está en el Tíber, sometida a la tiranía del dictador Sila; la verdadera Roma está aquí, conmigo y con mis legiones». No pretendía independizar a Hispania del imperio, sino usar la península como la base de operaciones legítima para reconquistar la metrópoli y restaurar la legalidad constitucional.

A esto sumó una medida maestra de lo que hoy llamaríamos «poder blando» (soft power). Fundó en Osca una escuela de alta formación para los hijos de los nobles y caciques hispanos. Reunió allí a los primogénitos de las tribus aliadas, los vistió con las elegantes togas romanas de bordes purpúreos —las praetextas— y les asignó prestigiosos maestros griegos y latinos para que los educaran en la retórica, el derecho y la cultura de la Urbe.

Los jefes hispanos estaban entusiasmados, contemplando cómo sus hijos se preparaban para el día en que pudieran gobernar sus tierras como ciudadanos romanos de pleno derecho. Pero no nos engañemos, Sertorio era un romano pragmático: aquellos muchachos eran, al mismo tiempo, unos rehenes de oro excelentes. Si alguna tribu del interior pensaba en traicionarlo o en pactar en secreto con los emisarios del Senado de Sila, solo tenía que recordar quién cuidaba y educaba a sus queridos primogénitos en la academia de Osca. Una jugada geopolítica impecable.

EL AZOTE DE LAS LEGIONES: DE METELO A LA HUMILLACIÓN DE POMPEYO

El Senado de Roma, horrorizado al ver cómo se consolidaba un estado alternativo en Occidente, envió primero a Quinto Cecilio Metelo Pío, un general veterano, metódico y representante de la ortodoxia militar romana. Pero la ortodoxia sirvió de muy poco en Hispania.

Sertorio le dio a Metelo un curso intensivo de lo que siglos más tarde conoceríamos como «guerra de guerrillas» o, como lo llamaban con desprecio los textos latinos de la época, latrocinium. Sabedor de que presentar batalla en campo abierto contra las disciplinadas legiones romanas era un suicidio, Sertorio fragmentó sus fuerzas, aprovechó el terreno escarpado y asfixió a Metelo cortándole sistemáticamente las líneas de suministro. Atacaba por sorpresa sus columnas de marcha en los desfiladeros, envenenaba los pozos, quemaba los pastos y desaparecía en la niebla de las montañas mucho antes de que las pesadas formaciones romanas pudieran reorganizarse. Metelo se desesperaba; sus hombres morían de hambre y de sed sin haber visto la cara del enemigo.

Ante el fracaso de Metelo, Roma decidió jugar su carta más fuerte. Enviaron a la joven promesa de la facción patricia, el general que venía de aplastar rebeliones en Sicilia y África con una crueldad que le valió el apodo del «carnicero adolescente»: Gneo Pompeyo, que más tarde se autodenominaría «el Grande». Pompeyo cruzó los Pirineos con treinta mil hombres y la arrogancia propia de quien nunca ha conocido la derrota, convencido de que iba a despachar al tuerto Sertorio en cuestión de semanas.

La realidad le dio un bofetón que casi le cuesta la vida.

El primer gran choque militar se produjo en el sitio de la ciudad de Lauro, en las inmediaciones de la actual provincia de Valencia. Pompeyo acudió con todo su ejército para socorrer la plaza sitiada por Sertorio. El joven general romano situó sus tropas en una colina cercana y, pecando de soberbia, envió un mensaje a los sitiados presumiendo de que tenía a Sertorio atrapado entre la ciudad y sus legiones.

Pero Sertorio, que conocía perfectamente la impaciencia de Pompeyo, había escondido una fuerza de reserva de seis mil hombres en los densos bosques colindantes. Mientras Pompeyo vigilaba el frente, las tropas ocultas de Sertorio cayeron sobre su retaguardia, destrozando sus líneas de forrajeadores. El resultado fue un desastre humillante para Pompeyo, que tuvo que presenciar desde su colina, impotente y sin poder mover un solo dedo por miedo a ser flanqueado, cómo Sertorio tomaba, saqueaba y quemaba la ciudad de Lauro entera ante sus propios ojos. Se cuenta que Sertorio ironizó sobre el joven general diciendo: «Le habría dado una buena azotaina a este discípulo de Sila si no hubiera temido a la vieja que está allí observándome», refiriéndose al veterano Metelo que se aproximaba lentamente desde el sur.

Y las cosas no mejoraron para el orgullo de Roma. Poco después, en la batalla a orillas del río Sucro —el actual Júcar—, Sertorio estuvo a punto de capturar al propio Pompeyo. Durante el combate, el ala comandada por Pompeyo se desmoronó ante la carga de los hispanos. El propio Pompeyo fue herido en el muslo y solo logró escapar porque los soldados enemigos prefirieron detenerse a saquear su caballo de guerra, que llevaba unos arreos de oro y plata de un valor incalculable.

LA DIMENSIÓN GLOBAL: LA ALIANZA CON MITRÍDATES

La escala del conflicto no se limitaba a Hispania. Sertorio demostró ser un estratega de dimensión global al firmar una alianza militar con el mayor enemigo que Roma tenía en Oriente: el rey Mitrídates VI del Ponto.

A través de este tratado de cooperación militar y reconocimiento mutuo, Mitrídates reconoció a Sertorio como el legítimo gobernante de las provincias romanas y le envió una flota de barcos y tres mil talentos de plata. A cambio, Sertorio envió a Asia a un grupo de oficiales romanos liderados por Marco Mario para que adiestraran a las falanges pónticas en las tácticas de las legiones. El Senado romano se percató, horrorizado, de que el tuerto de la Sabinia estaba coordinando una pinza militar que amenaba con estrangular a la República desde ambos extremos del Mediterráneo conocido.

LA CAÍDA Y LA TRAICIÓN EN EL BANQUETE

Y aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente trágica. A Sertorio no lo derrotaron las legiones coaligadas de Pompeyo y Metelo en el campo de batalla. A Sertorio lo destruyó la herrumbre interna del propio poder, la sospecha, el cansancio y la traición de los suyos.

La guerra se prolongaba ya por casi una década. El territorio peninsular estaba exhausto tras años de campañas continuas, levas forzosas, cosechas confiscadas o quemadas y ciudades arrasadas por ambos bandos. Las promesas de victoria total que Sertorio repetía en sus discursos empezaban a sonar vacías para muchas de las tribus locales. Las deserciones comenzaron a sucederse.

Ante esta situación extrema, el carácter de Sertorio, sometido a una presión psicológica brutal, se agrió. Se volvió desconfiado, huraño y paranoico. Comenzó a rodearse exclusivamente de una guardia pretoriana formada por soldados romanos de su total confianza, apartando a los hispanos que antes tanto amaba. Y entonces cometió un error terrible que dinamitó su prestigio moral entre los nativos.

Cuando varias ciudades de la Celtiberia desertaron para entregarse a las fuerzas de Pompeyo, Sertorio, cegado por la rabia, ordenó la ejecución de muchos de los jóvenes nobles que estudiaban en la escuela de Osca y a otros los vendió como esclavos. Aquel acto de crueldad desesperada rompió el encanto místico que lo unía a los hispanos. Los padres de los jóvenes comprendieron de golpe que el gran benefactor romano no era diferente de los antiguos tiranos que habían venido a saquear sus tierras. La devoción sagrada se evaporó y fue sustituida por el resentimiento y el miedo.

Pero la puñalada definitiva no vino de las tribus descontentas, sino de las filas de los propios exiliados romanos que le rodeaban en su cuartel general. En particular, de un hombre: Marco Perperna Vento.

Perperna era un aristócrata de rancio abolengo, un optimate que había huido de Italia con un ejército considerable tras el fracaso de la revuelta de Lépido. Había aceptado de mala gana ponerse bajo las órdenes de Sertorio porque sus propios soldados le habían obligado a ello, admirados por las victorias del tuerto. Pero Perperna, henchido de soberbia patricia, no soportaba recibir órdenes de un militar de origen humilde al que consideraba un advenedizo social. Convenció a varios oficiales de que Sertorio se había convertido en un estorbo para alcanzar la paz y de que la única forma de salvar el pellejo y conseguir el perdón del Senado de Roma era eliminar al general.

En el año $72$ a.C., los conspiradores urden una trampa. Organizan un gran banquete en la ciudad de Osca, la capital del rebelde, fingiendo celebrar una supuesta y gloriosa victoria militar de las tropas de vanguardia, una noticia completamente falsa inventada para relajar la seguridad.

La cena transcurrió entre copas de vino. A medida que avanzaba la noche, los conspiradores, buscando provocar una reacción en el general, comenzaron a fingir una borrachera ruidosa. Empezaron a soltar obscenidades, a gritar y a derramar intencionadamente el vino sobre las mesas, adoptando un comportamiento vulgar que sabían que irritaba profundamente a Sertorio. El general, molesto por la falta de decoro de sus oficiales, se reclina en su lecho de banquete y se tapa la cara, tratando de ignorar el alboroto.

Esa era la señal pactada. Perperna levanta su copa y la deja caer al suelo con un tintineo metálico que resuena en la sala. Inmediatamente, uno de los conspiradores, Antonio, saca una daga y asesta una primera puñalada a Sertorio en el costado. El curtido militar intenta incorporarse, reacciona con el instinto del soldado que ha sobrevivido a mil batallas y trata de echar mano a su espada, pero Antonio se abalanza sobre él y le sujeta las manos. Los demás conspiradores desenvainan sus armas de entre los pliegues de sus togas y caen sobre él como alimañas. El gran Quinto Sertorio, el general que había puesto de rodillas a las mentes militares más brillantes de su época, muere desangrado sobre el pavimento de una sala de banquetes, traicionado por aquellos que compartían su pan.

EL EPÍLOGO DE SANGRE Y LA REFLEXIÓN HISTÓRICA

La traición no trajo la gloria para Perperna. Su cobarde golpe de mano demostró ser un suicidio político y militar. Cuando asumió el mando del ejército rebelde, los guerreros hispanos, que despreciaban al patricio romano y lloraban la pérdida de su caudillo tuerto, desertaron en masa. En el primer enfrentamiento contra las legiones de Pompeyo, Perperna demostró ser un general mediocre; sus líneas se desmoronaron al primer choque y él mismo fue capturado mientras se escondía en un matorral. Intentando salvar su vida, ofreció a Pompeyo un cofre que contenía toda la correspondencia secreta de Sertorio con importantes senadores en Roma. Pero Pompeyo, demostrando una altura política infrecuente, mandó ejecutar a Perperna de inmediato y ordenó quemar todas las cartas sin leerlas, evitando desatar una nueva y sangrienta guerra civil en la metrópoli.

Con la muerte de Sertorio se apaga uno de los capítulos más singulares, complejos y fascinantes de la historia antigua de la Península Ibérica. Hubo ciudades que mantuvieron su juramento de fidelidad hasta las últimas consecuencias físicas, un epílogo terrible que demuestra la hondura de la devotio ibérica.

Fíjense en el caso extremo de Calagurris, la actual Calahorra. Cercada por las tropas de Pompeyo tras la muerte de Sertorio, la ciudad se negó en redondo a rendirse. Sufrieron un asedio tan prolongado e inhumano que la escasez de alimentos degeneró en el episodio que los historiadores romanos recordarían con horror como la fames calagurritana (la hambruna calagurritana). Cuando ya no quedaban perros, ni gatos, ni cueros que hervir, los defensores celtíberos llegaron a matar a sus propias mujeres e hijos para salar su carne y alimentarse de ella, prefiriendo el canibalismo antes que romper el juramento místico que los unía al ya fallecido general romano. Cuando las tropas de Pompeyo entraron finalmente en la plaza, se encontraron con una ciudad habitada por espectros cubiertos de sangre. Así de profunda y terrible era la palabra dada por los hispanos de aquella época.

Pompeyó pacificó Hispania finalmente, sí, pero lo hizo construyendo sobre los cimientos que Sertorio ya había colocado. La rápida romanización del valle del Ebro y de gran parte de la Península no se entiende sin esa escuela de Osca, sin esa integración de las élites indígenas que el general sabino puso en marcha. Los nobles hispanos que Sertorio educó terminaron por convertirse, apenas dos generaciones después, en los administradores, senadores y cónsules de un nuevo imperio integrado.

¿Fue Sertorio un patriota hispano? No, por favor, no caigamos en el presentismo histórico ni en el nacionalismo romántico del siglo XIX. Sertorio era un romano de pura cepa, un hombre que amaba a su patria y que todo lo que hizo, lo hizo para regresar a Roma con la cabeza alta o para recrear Roma allí donde sus pies pisaran. Pero lo verdaderamente revolucionario de su figura es que entendió, mucho antes que Julio César o que el propio Augusto, que Roma no podía seguir siendo simplemente un parásito codicioso que succionaba la riqueza de sus provincias a través del terror y el expolio. Entendió que el futuro de la República pasaba inevitablemente por la integración cultural, por la ciudadanía compartida y por el respeto a las tradiciones y a la dignidad de los pueblos sometidos.

Para los hispanos, Sertorio quedó grabado en la memoria colectiva como un líder mítico, casi al nivel de Viriato. El general extranjero que hablaba con los dioses a través de una cierva blanca, el maestro que trató a sus hijos con la dignidad de ciudadanos y el estratega que demostró que, con astucia, paciencia y conocimiento del terreno, el gigante de la loba romana también podía ser vencido y obligado a sangrar.

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