Catalina la Grande: La Usurpadora que Forjó el Imperio Ruso

por Antonio Cruz Medina Historiador y Director de Antena Historia

Catalina la Grande: El pragmatismo detrás del mito

Cuando nos asomamos a la Rusia del siglo XVIII, la tendencia habitual es dejarse cegar por el brillo dorado de los palacios de San Petersburgo o por la crónica escandalosa que la propaganda occidental tejió en torno a su emperatriz. Sin embargo, si retiramos las capas de pintura de los salones cortesanos, lo que queda abajo es un frío tablero de ajedrez geopolítico. La historia de Catalina II no es la de una filósofa idealista que intentó modernizar un imperio salvaje; es la crónica de una superviviente nata que entendió que, en el corazón de Eurasia, el poder solo se sostiene mediante la fuerza y el pragmatismo más descarnado.

La extranjera descalza

Para entender la metamorfosis de esta mujer, hay que viajar al invierno de 1744. Una adolescente de catorce años, perteneciente a una rama nobiliaria alemana tan humilde que rozaba la irrelevancia, cruza la frontera rusa en un carruaje destartalado. Se llamaba Sofía de Anhalt-Zerbst. No tenía fortuna, no tenía apoyos y no hablaba una sola palabra del idioma local. En cualquier otra circunstancia, habría sido una pieza de caza menor en el tablero dinástico europeo. Sin embargo, poseía una ambición que no le cabía en el pecho y una alarmante capacidad de observación.

Rusia era entonces un territorio hostil para los extraños. Su prometido, el futuro Pedro III, era un joven inmaduro, obsesionado con el ejército prusiano y con un desprecio manifiesto por las costumbres del país que iba a gobernar. Sofía comprendió de inmediato que su supervivencia dependía de dejar de parecer extranjera. Se aplicó a aprender ruso con una disciplina espartana, levantándose de madrugada para memorizar verbos descalza sobre el suelo de piedra para no quedarse dormida. Se convirtió a la fe ortodoxa, adoptó el nombre de Catalina y se ganó, paso a paso, la simpatía de la Iglesia y del pueblo. Mientras su marido jugaba a los soldados de plomo, ella devoraba los textos de Montesquieu, Voltaire y Tácito. Estaba acumulando munición intelectual para cuando llegara el momento de actuar.

El ruido de sables de 1762

La oportunidad se presentó en el verano de 1762. Pedro III, recién coronado, había logrado enajenarse el apoyo de los tres pilares del Estado: la Iglesia, a la que amenazó con confiscar sus bienes; el pueblo, tras firmar una paz vergonzosa con Prusia que tiraba por la borda años de sacrificios militares; y, sobre todo, la Guardia Imperial. Cuando un gobernante ruso pierde el favor de sus cuarteles, su tiempo de vida se reduce drásticamente. Es una constante histórica que en España entenderíamos perfectamente el siglo siguiente con el fenómeno de los pronunciamientos y el ruido de sables.

Catalina no esperó a que su marido la encerrase en un convento. Apoyada por el clan de los hermanos Orlov —oficiales de la guardia que controlaban los ánimos de la tropa a base de vodka y promesas—, protagonizó un golpe de Estado relámpago. Vestida con el uniforme de la guardia, se presentó ante los regimientos de San Petersburgo y fue aclamada como soberana. Pedro III abdicó casi sin protestar y, pocos días después, moría en una finca bajo extrañas circunstancias. La versión oficial habló de un cólico hemorroidal tras una riña de borrachos; la realidad es que a la nueva autócrata le venía de perlas aquella desaparición. Había nacido Catalina la Grande.

Luces sobre el fango

Aquí es donde los historiadores debemos detenernos a analizar la gran contradicción de su figura. A Catalina le entusiasmaba que en París la viesen como la campeona de las luces. Compró la biblioteca de Diderot cuando este pasó apuros económicos, financió a los enciclopedistas y redactó el Nakaz, un compendio legal de corte liberal que pretendía abolir la tortura.

Pero la realidad de las llanuras rusas no se discutía en los salones parisinos. Rusia era un gigante agrícola sostenido por el trabajo esclavo de millones de siervos. Para consolidarse en el trono, Catalina necesitaba el respaldo incondicional de la aristocracia terrateniente, y el precio de ese apoyo fue darles manga ancha para exprimir a sus campesinos. Bajo su mandato, la servidumbre no solo no se suavizó, sino que se extendió a nuevas regiones como Ucrania. Los seres humanos se compraban, se vendían y se apostaban en partidas de cartas exactamente igual que el ganado.

Esta olla a presión estalló en 1773 con la rebelión de Pugachov, un cosaco que se hizo pasar por el difunto Pedro III y levantó en armas a miles de desheredados en los Urales. La respuesta de la emperatriz ilustrada no tuvo nada de filosófica: envió al ejército regular, aplastó la revuelta con una violencia atroz y mandó ejecutar a Pugachov en Moscú. La seguridad de la autocracia estaba muy por encima de cualquier teoría social de salón.

El mapa que aún hoy condiciona el mundo

Donde el legado de Catalina se muestra más sólido y duradero es en su política exterior. Su obsesión estratégica era la misma que la de Pedro el Grande: dotar a Rusia de una salida a aguas cálidas. Ello implicaba doblegar al Imperio Otomano y dominar el Mar Negro.

A través de dos guerras sangrientas y de la mano de su gran socio político y amante, Grigori Potemkin, Rusia se anexionó la península de Crimea en 1783, fundó la base naval de Sebastopol y abrió las rutas comerciales hacia el Mediterráneo. Tras la fachada de una supuesta «cruzada ortodoxa» para liberar a los cristianos del yugo turco, lo que realmente se ventilaba era el control aduanero y comercial de los estrechos, una motivación económica idéntica a la que, siglos atrás, había movido a los griegos micénicos a sitiar Troya.

Esta expansión hacia el sur y la posterior desaparición de Polonia del mapa europeo transformaron a Rusia en la potencia hegemónica del este. Al asentar sus reales en el Mar Negro, el imperio no solo miraba a Europa, sino que ponía la primera piedra de su proyección hacia Asia profunda, plantando la semilla de lo que las cancillerías del siglo XIX denominarían «El Gran Juego» contra el Imperio Británico.

Catalina II murió en 1796. Aquella niña alemana que llegó sin un duro a una corte extraña dejaba un país sustancialmente más grande, más fuerte y temido por sus vecinos. Utilizó las ideas ilustradas de Occidente como una brillante operación de relaciones públicas, pero gobernó con el puño de hierro de los viejos zares. Lo más fascinante de su obra es que, si hoy encendemos la televisión y observamos los mapas de los conflictos geopolíticos en el este de Europa y el Mar Negro, descubriremos que las líneas de tensión siguen siendo exactamente las mismas que ella dibujó con escuadra y cartabón hace más de doscientos años. Las ideologías cambian, pero la geografía permanece inmutable.


Bibliografía

ANTENA HISTORIA

Documentación de Producción: Catalina la Grande

Bibliografía Recomendada y Fuentes del Episodio

Para los oyentes más curiosos que quieran profundizar en las tripas del Imperio Ruso del siglo XVIII, y para dejar constancia del rigor documental que manejamos en este programa, aquí tenéis la selección bibliográfica y el aparato de fuentes en el que se apoya este episodio. Son textos esenciales para comprender a la Catalina estratega, despojándola de la mitología de salón.

1. Biografías de Referencia y Análisis Político

  • Massie, Robert K. (2012). Catalina la Grande: Retrato de una mujer. Editorial Crítica.
    • Massie es uno de los grandes maestros de la divulgación histórica contemporánea. Su biografía es un monumento al detalle operativo; describe a la perfección la transformación psicológica de la joven Sofía en la corte de San Petersburgo, el aislamiento físico que sufrió y el durísimo peaje que tuvo que pagar para sobrevivir en un entorno hostil. Un libro extraordinariamente ágil de leer pero de un rigor documental implacable.
  • Troyat, Henri (2007). Catalina la Grande. Editorial Vergara.
    • El académico francés Henri Troyat domina como nadie la atmósfera y los resortes íntimos del zarismo. En esta obra desmenuza con precisión quirúrgica el golpe de Estado de 1762 y el complejo entramado de pasiones, lealtades y traiciones que unieron a la zarina con los hermanos Orlov y, posteriormente, con Potemkin. Evita el chismorreo barato y se centra en el ejercicio descarnado del poder.

2. Contexto Socioeconómico y la Rebelión de Pugachov

  • Madariaga, Isabel de (1981). Russia in the Age of Catherine the Great. Yale University Press.
    • Esta es, sin discusión, la obra cumbre a nivel académico para entender este periodo. Madariaga, una de las mayores expertas mundiales en el siglo XVIII ruso, analiza a fondo la gran paradoja del reinado: el choque brutal entre las intenciones ilustradas del Nakaz y la terca realidad feudal de la servidumbre rural. Imprescindible para comprender el pacto de hierro de Catalina con la nobleza terrateniente y la posterior explosión de la horda de Pugachov en los Urales.

3. Geopolítica, el Sur y la Proyección Imperial

  • Montefiore, Simon Sebag (2006). Potemkin y Catalina la Grande. Editorial Crítica.
    • Un texto formidable que redefine la figura de Grigori Potemkin. Lejos de presentarlo como un simple favorito de alcoba, Montefiore lo retrata como un cerebro geopolítico desmesurado y un estadista de primer orden. Es el libro clave para estudiar la anexión de Crimea en 1783, la fundación de la base naval de Sebastopol y los verdaderos motores comerciales tras el misticismo del «Proyecto Griego», enlazando directamente con la génesis de la expansión euroasiática.

4. Fuentes Primarias y Correspondencia

  • Catalina II de Rusia (1984). Memorias de la Emperatriz Catalina II. Varios editores.
    • Escritas por su propio puño y letra, estas memorias son una lección magistral de propaganda política y autojustificación. Deben leerse con ojos de analista, detectando dónde la zarina adorna los hechos o minimiza sus propios errores —especialmente en torno a la caída de su marido Pedro III—. Son el testimonio directo de una superviviente nata que aprendió a ser más rusa que los propios rusos.

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