La figura de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930) sigue siendo uno de los perfiles más complejos y debatidos de la historia contemporánea de España. A menudo eclipsado por la dictadura posterior de Francisco Franco, Primo de Rivera representó un fenómeno distinto: el del «dictador de transición» que buscaba modernizar el país mediante un autoritarismo paternalista.
En este artículo, desglosamos las claves de su ascenso, su gestión y el legado de una década que cambió la fisonomía de España.
1. El Peso del Linaje y la Sombra de África
Nacido en una familia de profunda tradición militar en Jerez de la Frontera, la carrera de Primo de Rivera estuvo marcada por las últimas posesiones del Imperio español. Su paso por Cuba, Filipinas y Marruecos no solo le otorgó medallas, sino una visión crítica sobre la gestión de los políticos de Madrid.
El punto de inflexión fue el Desastre de Annual (1921). La masacre de miles de soldados en el Rif no solo fue una derrota militar, sino una humillación nacional que puso en jaque al rey Alfonso XIII. Muchos historiadores coinciden en que el golpe de Estado de 1923 fue, en parte, un mecanismo para sepultar el Expediente Picasso, la investigación que amenazaba con señalar directamente a la Corona por la negligencia en África.
2. El Golpe de 1923: ¿Un Paréntesis Curativo?
El 13 de septiembre de 1923, Primo de Rivera se pronunció desde Barcelona. Su mensaje fue innovador: se presentó como un «Cirujano de Hierro». Bajo la influencia del pensamiento regeneracionista, prometió una intervención rápida para extirpar el «cáncer» del caciquismo y la corrupción.
Lo que inicialmente se planteó como un «paréntesis» de 90 días para limpiar el sistema, terminó convirtiéndose en un régimen de casi siete años. Con el visto bueno del Rey, disolvió las Cortes y suspendió la Constitución, instaurando un Directorio Militar que priorizó el orden público a costa de las libertades civiles.
3. La Era del Hormigón y los Monopolios
Si algo definió la dictadura de Primo de Rivera fue su obsesión por la modernización material. Aprovechando la bonanza económica de los «felices años 20», el régimen impulsó una agenda de obras públicas sin precedentes:
- Infraestructuras: Se crearon las Confederaciones Hidrográficas y se pavimentaron miles de kilómetros de carreteras.
- Soberanía Económica: Nacieron los grandes monopolios estatales que perdurarían décadas, como Telefónica y CAMPSA.
- Turismo: Se inauguró la Red de Paradores Nacionales para potenciar el patrimonio histórico.
Este despliegue culminó en las Exposiciones Universales de 1929 en Sevilla y Barcelona, el escaparate perfecto para mostrar al mundo una España moderna, pacificada tras el éxito del Desembarco de Alhucemas.
4. El Ocaso: El Error de la Soberbia
El declive de Primo de Rivera fue tan rápido como su ascenso. La llegada de la crisis económica mundial tras el crack del 29 agotó las arcas públicas, haciendo insostenible el gasto en obras. Al mismo tiempo, el dictador se encontró aislado:
- Los intelectuales, con Unamuno a la cabeza, denunciaron la falta de libertad.
- Los estudiantes universitarios convirtieron las calles en centros de protesta.
- El Ejército, su base de apoyo, empezó a conspirar debido a sus reformas internas.
En un último error táctico, Primo de Rivera consultó a sus generales si aún le apoyaban. Al recibir respuestas ambiguas, comprendió que el juego había terminado. Dimitió en enero de 1930 y partió al exilio en París, donde moriría apenas seis semanas después, solo y enfermo de diabetes.
Conclusión: Un Legado en Claroscuro
Miguel Primo de Rivera dejó una España con mejores comunicaciones y una industria más robusta, pero también con un sistema político arrasado. Su incapacidad para transicionar hacia una democracia real dejó a la monarquía de Alfonso XIII herida de muerte, allanando el camino para la llegada de la Segunda República solo un año después de su fallecimiento.
¿Fue Primo de Rivera el último de los espadones del XIX o el primer tecnócrata autoritario del XX? La respuesta sigue abierta al debate histórico.
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