La figura del Papa Julio II (Giuliano della Rovere) es fundamental para entender el tránsito de la Edad Media a la modernidad en Europa. No fue un Pontífice piadoso y dedicado únicamente a lo espiritual, sino un estratega militar y un político implacable que, en una época de profunda crisis, tomó el destino del Papado y de Italia por la fuerza. Su vida es la encarnación del Renacimiento: un mundo de arte sublime, ambición política desenfrenada y guerra constante.
I. Italia en el Siglo XV y XVI: El Mosaico Roto
Al inicio del siglo XV, la Península Itálica distaba mucho de ser una nación unificada. Era un mosaico de cinco grandes poderes (Milán, Venecia, Florencia, Nápoles y los Estados Pontificios), rodeado por una miríada de ducados, repúblicas y señoríos menores. Este equilibrio inestable, mantenido por la Paz de Lodi (1454), se rompió violentamente a finales del siglo XV.
La riqueza de las ciudades-estado italianas y su fragmentación política actuaron como un imán para las potencias extranjeras. Las Guerras Italianas (iniciadas con la invasión francesa de 1494) transformaron la península en el principal campo de batalla de Europa, con los ejércitos de Francia y España disputándose el control territorial.
En este contexto:
- Estados Pontificios en Crisis: El territorio nominalmente gobernado por el Papa era, en realidad, un caos feudal. Ciudades vitales de la Romagna y Umbría (como Perugia y Bolonia) eran controladas por tiranos locales (condottieros) que actuaban como soberanos independientes, ignorando la autoridad de Roma y privando al Papado de rentas cruciales.
- Corrupción Moral: El Papado había alcanzado un nadir moral. La Curia era vista como un nido de intrigas y nepotismo, un problema exacerbado por el reinado de Alejandro VI Borgia (1492-1503), cuyo único objetivo era fundar una dinastía familiar.
El Papado no solo estaba espiritualmente en declive, sino territorialmente al borde del colapso.
II. El Conflicto con los Borgia: La Forja de un Adversario
Giuliano della Rovere, nacido en 1443, era sobrino del Papa Sixto IV, quien lo elevó rápidamente a Cardenal. Della Rovere era inteligente, impetuoso y poseía una formidable voluntad. Desde muy joven se convirtió en un consumado hombre de Estado.
Su rivalidad con Rodrigo Borgia fue legendaria. Cuando Borgia ascendió como el Papa Alejandro VI en 1492, Della Rovere se convirtió en su némesis política. La ambición dinástica de los Borgia, materializada en el brutal proyecto de su hijo, César Borgia (el Duque Valentino), amenazó con disolver por completo el Estado Pontificio para crear un reino personal en la Romagna.
Giuliano pasó años en el exilio en Francia, conspirando activamente para deponer a Alejandro VI, a quien acusaba de herejía, simonía y tiranía. Esta larga década de resistencia lo enseñó todo sobre la realpolitik: cómo usar alianzas extranjeras, cómo manipular ejércitos y cómo infundir miedo y respeto. Esta lucha personal forjó en él una convicción inquebrantable: la dignidad espiritual de la Iglesia era inseparable de su fuerza temporal.
III. El Nombramiento como Julio II (1503): El Voto por la Acción
Tras la muerte de Alejandro VI en 1503 y un brevísimo pontificado de Pío III, Della Rovere regresó a Roma. Utilizó su inmensa riqueza y su red de contactos para asegurar su elección en el Cónclave. Los cardenales, exhaustos por el cinismo y la violencia de los Borgia, vieron en Della Rovere al único hombre capaz de restaurar el orden y expulsar la influencia extranjera. Fue elegido casi por aclamación.
Al tomar el nombre de Julio II, en homenaje al Julio César que tanto admiraba, el nuevo Papa dejó claras sus intenciones. Su misión no era la paz, sino la «Recuperatio Terrarum» (Recuperación de las Tierras) para la Sede Apostólica. Su primera tarea fue neutralizar la amenaza Borgia, asegurando que César fuese despojado de sus dominios y encarcelado, garantizando que el proyecto dinástico hubiese terminado para siempre.
Julio II, a diferencia de sus predecesores, no quería gobernar el Papado para su familia, sino para la propia institución, sentando las bases del Papado como una monarquía absoluta.
IV. El Papa Guerrero en Campaña: La Restauración de 1506
Julio II comprendió que la diplomacia había fallado; solo la fuerza bruta y el coraje personal doblegarían a los tiranos feudales. En 1506, a la edad de 63 años, tomó una decisión radical: se dejó crecer la barba (un voto de guerra) y cabalgó al frente de sus propias tropas, transformando la tiara en un casco.
A. La Audacia de Perugia
El primer objetivo fue Perugia, dominada por el formidable condottiero Giampaolo Baglioni, famoso por su crueldad. En lugar de un asedio sangriento, Julio II recurrió a la guerra psicológica. Marchó hacia la ciudad con un pequeño séquito, y en un acto de suprema audacia, entró desarmado en la ciudad y se presentó ante Baglioni en su propio palacio.
Baglioni pudo haber matado al Papa y asegurado su independencia, pero se paralizó. La audacia de Julio II, respaldada por la amenaza de la excomunión total y una inminente guerra de toda la Cristiandad, quebró la voluntad del tirano. Baglioni se rindió sin batalla y fue expulsado. Julio II había ganado su primera victoria con el poder de su persona, un acto que Maquiavelo lamentaría como una cobardía de Baglioni, pero que fue un golpe maestro para el Papa.
B. El Triunfo de Bolonia
Inmediatamente, Julio II se dirigió hacia Bolonia, la segunda ciudad más grande de los Estados Pontificios y una fuente vital de ingresos, controlada por la arrogante familia Bentivoglio.
- Estrategia Diplomática: Julio II se alió temporalmente con el Rey Luis XII de Francia para asegurar apoyo militar masivo y prevenir la interferencia francesa en favor de los Bentivoglio.
- Victoria Incruenta: Ante la llegada de un ejército combinado tan formidable, y con la impopularidad de su tiranía creciendo entre los ciudadanos, Giovanni II Bentivoglio y su familia huyeron de la ciudad en noviembre de 1506.
Julio II entró en Bolonia como un conquistador. Para sellar su dominio, encargó a Miguel Ángel la fundición de una gigantesca estatua de bronce de sí mismo, colocada sobre la fachada de la Basílica de San Petronio. Cuando se le preguntó si debía sostener un libro, el Papa contestó: «Ponle una espada, pues no soy un hombre de letras».



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